Una vez tuve un sueño.
Despertaba
en un lugar desconocido y un rayo de luz cegadora invadía toda la habitación dejando al descubierto miles de motas de polvo en suspensión. Me incorporé de la cama y entreabriendo la ventana comprobé me
encontraba en un paraje verde entre montañas y pinos. El cielo era de un azul
claro muy intenso y a pesar de ser bien temprano ya resplandecía el sol. Olía ligeramente a resina y a pinocha y salvo el runrún de algún pájaro el silencio era atronador.
Salí entonces a lo que parecía el porche de la vivienda. Llevaba puesta una camisa de cuadros, un pantalón de pana y un grueso jersey de lana de punto. Calzaba botas de montaña. El suelo era rojizo en distintas tonalidades y estaba delimitado por una baranda de madera que, a pesar de estar muy envejecida por el paso del tiempo, aún se sostenía en pie.
En la esquina de la terraza yacía colocada una enorme mesa de madera natural rodeada de sillas de metal de distintos colores. A modo de centro de mesa había un gran jarrón con flores secas y en un lateral dos tazas grandes de café humeante junto a un libro. Estaba intentando intuir su título cuando MariaRo pasó justo a mi lado aunque no advirtió mi presencia. Era como si no pudiera verme. No dijo nada, solo se sentó y agarró una de las tazas de café, como abrazándola con sus dos manos. Cruzó entonces sus piernas apoyándolas en lo alto de la barandilla con sus pies desnudos apuntando al horizonte. Estaba preciosa.
Se respiraba paz y tranquilidad, aquel lugar era extrañamente familiar.
Deduje debía ser otoño por los árboles de hoja caduca cuyas ramas se erguían completamente desnudas dejando pasar la luz y las vistas entre ellas. A pesar del fresco de la mañana no sentía frio.
Me giré entonces y contemplé donde me encontraba. Era una casa sencilla con su fachada revestida de piedra salpicada por pequeñas ventanas con una chimenea humeante que apuntalaba el tejado de viejas tejas marrones.
Aquel lugar se elevaba sobre un promontorio desde donde
podía dominarse todo. Desde lo alto la parcela caía en fuerte pendiente
dibujándose el terreno en distintas terrazas o trenques de mayor a menor tamaño
que acababan por terminar al fondo de lo que parecía ser un camino forestal.
En ese preciso momento pude ver a lo lejos a Berta y Lea que parecían jugar entretenidas en la tierra. Tenían en sus manos varios utensilios que utilizaban a modo de pala. Trataban de excavar un agujero para plantar algo en él mientras realizaban airadas explicaciones a una cohorte de muñecos que atendían inertes e inexpresivos, sentados unos junto a los otros. Se les veía muy felices.
No lejos de esa escena Juanito acarreaba lo que parecían ser maderas y ramas que apilaba minuciosamente junto a lo que se intuía como una incipiente cabaña. Realizaba todos sus movimientos a un ritmo eléctrico y seguro como si supiera con precisión que quería hacer y el modo exacto de hacerlo.
Me descalcé entonces, colocándome justo en la silla situada al lado de MariaRo, aunque ella no pareció de nuevo percatarse de mi presencia e imitando su gesto dejé caer mis piernas estiradas apoyándolas igualmente sobre la barandilla de madera de la terraza.
Cruce entonces mis brazos
sobre el pecho, cerré los ojos y respirando profundamente sonreí. Era como si SIEMPRE hubiera pertenecido a aquel lugar.
Una vez tuve un sueño y no quería despertar.
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