sábado, 17 de septiembre de 2022

“LA MUERTE ANDANTE” (Un traje de chaqueta y una catana).




Bien le valdría a Frank Darabont darse un buen paseo por Murcia en búsqueda de escenarios apocalípticos para sus nuevas ideas creativas. Quedaría sin duda prendado ante la proliferación por doquier de menesterosos en todos sus “estados” catatónicos posibles. Y es que tanta miseria, recocida al calor del verano, es caldo de cultivo con enjundia para buenas historias de miedo y terror, muy del gusto del director, productor y guionista americano.  

Tal inopinada decadencia ha acabado por hacer simbiosis con el mismo casco histórico de la ciudad, consustancial a sus calles más emblemáticas y al mismo entorno de la catedral, donde sus propios soportales, ahora plagados de cartones y restos de “vida”, son cobijo de quienes han quedado ya lamentablemente deshumanizados por su propia miseria, a la que nadie da tregua. Espoleta es todo ello de ruina, enseñada sin complejos a nuestros ya pocos turistas.  

La misma escena se repite en cualquier parking, sucursal, esquina o portal que se precie del centro de la ciudad, donde la vida se abre paso a cada instante, en una ciclogénesis explosiva de chabolismo. Hasta el restaurante "Hispano” amanece muchos días con un señor dormitando bajo su acogedora entrada. 

Esta incívica realidad, tolerada en el tiempo, es reflejo de un nuevo giro de tuerca al concepto de solidaridad, acogimiento y protección social, cuyo entendimiento se me escapa. Suerte de indulgente libertinaje, un “laissez faire” amparado en el equívoco paraguas de la necesidad que justifica lo que no es sino ejercicio de mera subsistencia. Argumento recurrente que soporta un edificio en ruinas que amenaza con derrumbarse sobre nuestras cabezas y arrasarlo todo.

Y claro está que quien se levanta cada día buscando que echarse a la boca o a las venas, o como resguardarse del calor o el frio tiene carta de naturaleza para ir con un cuchillo entre los dientes y hacer de trilero con el destino, quedando justificado cualquier medio empleado por el fin en si mismo de sobrevivir. No hay por ello reproche alguno para estos pobres diablos sino para quien abre la veda para que todo esto suceda.

Pero tengamos claro con igual certeza que este estado de cruda subsistencia supone un peligro cierto y mortal, oculto en la cotidianidad, pues la supervivencia de la mano de la desesperación no tiene limites previsibles, o al menos éstos no están donde nosotros inocentemente creemos se encuentran. Hasta el perro más pequeño y manso, acogotado en una esquina, sería capaz de morder a quien lo acorrala.   

Riesgo y desorden vital que toda sociedad organizada y aparentemente civilizada debiera minimizar. Ese caos, siempre antesala de la extinción de cualquier civilización, es tangible, se puede tocar, incluso oler, y se percibe nítidamente para quien lo quiera ver.  

Se hace necesario por ello censurar esta pasividad como comportamiento inmoral, y además delictivo, pues esta inactividad de quienes deben ser garantes de cierta paz y orden social, de quienes deben proteger a los que más lo necesitan, no oculta lo que no es sino omisión del deber de socorro, cuando no verdadero homicidio en comisión por omisión o un ejercicio encubierto de una especie de eutanasia callejera a lo bonzo y sin cuidados paliativos, que nos pone en serio peligro a todos. 

Estos “seres”, que pululan como zombis por nuestras calles, hombres no son pues han trasmutado a espectros, debían tener una vida anterior a esta muerte en vida, quizá familia y amigos, y desde luego nombres y apellidos como único vestigio de realidad que al menos los amarre al suelo que ya no pisan. 

Literalmente sobreviven al albur de sus propios impulsos naturales, que se ven aireados públicamente, a la vista de todos, paseando sus cojeras, sus pústulas lacerantes que rebosan sus rostros, sus ojos siempre brillantes de ansiedad en búsqueda permanente, reflejo de una tristeza universal, la de quien lleva un lastre eterno e insoportable. Solo piel, aire y hueso. Pobres moribundos desatendidos esperando que llegue su hora, dejados de la mano de Dios, a su suerte, sin nadie capaz de alumbrar un final digno para sus últimos días. Algo estamos haciendo mal. 

Sin embargo parecen quedar fuera de toda regulación y norma, basta ver como se despachan en cada esquina o rincón a sus anchas, no habiendo desprecio más intenso de una Sociedad que no tenerte siquiera por existente. 

Ser parte de la más rotunda nada, ese es su papel, el de deambular en un universo paralelo con la parca reflejada en los ojos. El “Show de Truman” de la muerte. Una muerte que se antoja sucederá más pronto que tarde, y que todos contemplamos día tras día mientras caminamos rutinariamente hacia nuestros lugares de trabajo. Se ha convertido ello en algo tan natural que produce zozobra solo pensarlo.

Esta indigna realidad es tan apabullante que supera toda ficción y al mismo tiempo es tan cotidiana que pasa de diario indeleble ante nuestros ojos, mostrándonos un orden cívico claramente fuera de todo control. Una bomba de relojería a punto de estallar.

Tal escenario, subestimado claramente, invita a recurrir al traje de chaqueta con catana al cinto, en sustitución de la ya insuficiente navaja suiza. Otra cosa no parece demandar el hábito de faena de este picapleitos murciano en este dantesco septiembre, que no es esperable vaya a mejorar. 

Nadie sin embargo parece verlo, aturdidos por los quehaceres cotidianos antes, y ahora por la luz, el color y el ruido de moros y cristianos, percutiendo al son de unos buenos michirones. Solo el suceso de algún hecho dramático, quizás tintado en rojo sangre, parece pueda despertarnos de este repugnante letargo.