Cuaderno de Bitácora: Catorce de agosto de dos mil veintiuno de Dios nuestro Señor.
Es verano, la pandemia continua y nos encontramos
huyendo en plena ola de calor a bordo de la nave “ESPACE”. La tripulación la conforma la familia:
Juan, Berta, Lea, MariaRo y un servidor. Atrás quedaron los amaneceres más allá
de Orión y los viajes siderales a Ibiza, Riga, Malta, Cracovia, Chihuahua y a
otros lugares de la galaxia empírica.
Si bien el equipo a bordo no parece aventurar un viaje
épico, vómitos posibles aparte, se respira optimismo y ganas de explorar
lugares desconocidos lo que en un rutinario carguero espacial veraniego se
agradece. En todo caso no hay que fiarse pues en tu fuero interno sabes que se
te puede liar un ”Nostromo” en un instante.
Pasado Caldas de Luna en León nos vamos acercando a
nuestro destino. A partir de ahí se atraviesan siete túneles hasta llegar a
Asturias. Estos se enumeran a coro, de uno en uno, en una especie de cuenta
atrás previa a la ignición. Tres de estos túneles pertenecen a la Provincia de
León y el cuarto, llamado “El Negrón” es la puerta interestelar al Principado.
El túnel del Negrón tiene 4,1 km y podríamos
erróneamente pensar que nos encontramos ante un túnel corriente. Sin embargo, cualquiera
que lo haya atravesado alguna vez sabe que no es así. Pasar el Negrón es lo más parecido a subirse
al DeLorean con Marty Mcfly o dar un salto al hiperespacio a bordo del Halcón Milenario.
Cuatro mil ciento cuarenta y cuatro metros es
exactamente la distancia que separa las leyes naturales del universo conocido de
un auténtico viaje espacio-temporal que bien podría satisfacer al mismísimo Edwin
Aldrin.
Justo a la salida del “Negrón” te recibe un cartel de
color verde que señala la entrada al “Principado de Asturias”, aunque bien
podría poner “Bienvenido a Dagobah”.
Y es que la experiencia sensorial no tiene desperdicio
pues eres transportado, cual agujero de gusano, de los cerros pelados y secos de
León y una temperatura de 34 grados hasta los apenas 24 grados en el otro
extremo del túnel. Allí te recibe un universo distópico de montañas escarpadas
que parecen querer desgarrar el cielo y un color verde intenso en todas sus
tonalidades que parece invadirlo todo.
Praderías, musgo, ríos, niebla, roca caliza, lluvia,
frio, bendito frio. Una exuberancia cuasi prehistórica en la que
te encuentras rodeado de un espeso y, en ocasiones, claustrofóbico arbolado que
no deja traspasar la luz del día incluso aunque brille el sol. Y una maleza de
un “diseño” tan hostil que parece
amenazarte contantemente, pero cuya belleza te atrapa al mismo tiempo sin
querer.
Es como retroceder en el tiempo, a un lugar indómito, al
principio de todo.
Quizás me equivoqué y este sea, al fin y al cabo, un viaje legendario.
