Llevaba Dick Cassidy al que apodaban “El Halcón”, persiguiendo ya varias semanas al cuatrero Ted Singerton. Ahora, sin embargo, se encontraban junto a la barra de aquel salón en la calle Teneesse, uno al lado del otro, tomando un whisky, posiblemente el último para alguno de los dos, quizás quien sabe si para ambos.
Las
cosas no pintaban bien para nuestro “héroe”, se había dejado atraer hasta aquel
local por Ted Singerton, al que llamaban no de forma casual “El Tramposo Ted”. Se
encontraba éste aparentemente solo, expuesto, parecía todo demasiado “sencillo”.
Aquello no obstante no encajaba en el perfil del villano, gente vulgar y sin
escrúpulos sin duda pero que se preciaba de haber dado en aquellos últimos
meses algunos golpes de mano que llevaban en jaque a varios Estados, hasta el
punto de haber puesto precio a su captura, vivo o muerto.
Venía
precavido por ello Dick que contaba para aquella ocasión con sus dos Colt
Pacemaker al cinto, una Colt Dragoon en su muslo izquierdo, una pequeña
Derringer, cuidadosamente colocada en su espinilla derecha y su pequeño pero
afilado cuchillo, muy a mano siempre, por si las cosas se ponían feas.
Sabía
Dick que el forajido era zurdo, por lo que se acomodó como a lo casual justo a
su lado derecho, de modo que la muñeca más certera de su enemigo quedara junto
a la barra, incomodada un tanto por ésta. Al fin y al cabo la vida o la muerte
se deciden por pequeños detalles y quizás aquello le diera algunas décimas de
segundo vitales, caso de verse obligado a desenfundar.
Dick
conocía perfectamente aquel local y aquello quizás fuera lo único que jugaba a
su favor. Guardaba en su memoria cada rincón, cada recodo, casi cada mancha del
suelo de madera, ya gris y ajado por el paso del tiempo. Olía a una mezcla de
sudor antiguo y alcohol y el ambiente estaba cargado de humo hasta el punto de
desdibujar las figuras y rostros de los clientes convertidos por este efecto en
verdaderos espectros. El día daba sus últimos suspiros así que la luz del
crepúsculo, penetrando en hilos por las pequeñas ventanas del garito,
contribuía al aspecto sepulcral, casi de tumba, del lugar.
Pensó Dick, mientras encendía un cigarro, que el purgatorio o el infierno no debían ser muy diferentes a aquello. No obstante no entraba en sus planes averiguarlo, al menos ese día, así que escudriñaba el lugar en búsqueda de gente impropia del sitio o de alguna mirada furtiva o disimulada.
- Ted házmelo fácil, han sido unas semanas duras, dijo Dick.
- En cuanto a tu amigo Leguria eso fue un jodido accidente, señaló Ted alzando la copa y encogiéndose de hombros con expresión de falsa fatalidad. Se que era buen amigo y que te debía algún dinero. Fue una bala perdida, ya sabes de que va esto. Puedo compensarte, indicó Ted señalándose uno de sus bolsillos.
Continuaban la conversación con aparente tranquilidad, la que suele preceder a la tormenta. Se estudiaban sin embargo mutuamente de forma minuciosa, profesional, casi “matemática”, calculando respectivamente sus probabilidades de supervivencia.
Mientras, la música del piano seguía sonando. Siempre seguía sonando, pensó Dick, como el mundo, como la vida, al margen de los problemas de los simples mortales. Estábamos de paso, solo se trataba de intentar alargar un poco el recorrido, solo eso, quizás dejar algo bueno en el camino nada más.
La conversación continuaba:
- Es solo mi plan de jubilación, no pienso vivir pobre como las ratas, espetó Ted. Tu mejor que nadie deberías entenderlo. Te ofrezco un trato. El equivalente a la recompensa para ti, sin sudor, sin sangre, sin riesgo. No te hagas el estrecho conmigo Dick.
- Olvídalo. Vas a ser el más rico del cementerio. Tu jubilación va a ser en una maldita caja de pino. Cobraré esa recompensa, no lo dudes. Decide si quieres vivir o morir Ted. Mike ponme otra de las de siempre se me está secando la boca. Y ve sacando la fregona, los sesos de mi amigo van a encerarte el suelo de toda la sala.
Deslizó
Dick sus dedos por la larga pluma de halcón que calaba su sombrero, desembarazándose
de éste y del largo poncho que llevaba y dejando al descubierto los dos
revólveres, como el que da por zanjada la conversación y piensa entrar en faena.
El
Tramposo Ted le imitó el gesto. La música seguía sonando.
Mike,
el dueño, al que Dick conocía desde hace años, era gente discreta dedicada a su
oficio de servir y no preguntar demasiado. La indiscreción en aquellos lares
podía costarte fácilmente la vida. Lo notaba sin embargo especialmente inquieto
aquel día, lejos de su habitual indiferencia profesional, diríase, pensó Dick,
que Mike a pesar de su silencio quisiera decirle algo a gritos, quizás
advertirle de algún peligro que se ocultaba a sus ojos. Ello le hizo agudizar más
si cabe aún todos sus sentidos.
Estaba
digiriendo todos estos pensamientos Dick cuando contempló de súbito el reflejo
de tres figuras cuyas sombras se dibujaban claramente sobre la barra. Sin duda
se trataba de alguno de los secuaces de Ted, estratégicamente colocados en la
segunda planta del garito, sobre sus cabezas, quedando al descubierto por
efecto de la luz proveniente de las enormes lámparas formadas por decenas de lágrimas
de cristal que pendían del techo del local. La trampa estaba tendida y pensaba
cerrarse implacablemente sobre él. Cuatro contra uno, como poco.
La música, los gestos de los clientes, la respiración, parecieron quedar detenidos, sucediéndose pausados y a cámara lenta, suspendidos en el tiempo. La reacción de Dick fue sin embargo instintiva, como la de un resorte puesto en súbito funcionamiento. Rompió el vaso de whisky que tenía en su mano derecha estampándolo contra el rostro del cuatrero que echaba ya mano de su revolver disparando éste apenas a veinte centímetros del bueno de Dick, con la fortuna de rozar apenas el costado de éste.
Gritaba
de dolor el cuatrero pero no había aún ahogado su gemido cuando se le abalanzó
Dick, también herido, asestándole una puñalada en el cuello. Ambos
trastabillados fueron a dar de bruces en el suelo.
Rodó
Dick ágil por la tarima de madera pues a pesar del dolor en su costado sabía
que le iba la vida en ello. Desde el piso de arriba le llovía plomo a bocajarro
y estaba en clara desventaja. Alcanzó Dick a colocar el cuerpo gimoteante de
Ted sobre el suyo propio utilizándolo a modo de escudo y desenfundando uno de
sus revólveres disparo éste, alcanzando certero a uno de los asaltantes que cayó
desde el piso de arriba, muerto. Quedaban dos.
Saltó presto Dick dentro de la barra buscando
algo de amparo, aquel lugar, momentáneamente a resguardo, le daba unos
preciosos segundos. Las balas seguían volando. Tenía a dos asaltantes sobre su
cabeza y necesitaba generar algo de distracción, pues seguía en desventaja en número
y posición.
Recordó
entonces Dick que Mike solía guardar su vieja escopeta de dos cañones justo sobre
el viejo barril de madera en el que en ese instante apoyaba su espalda. Palpó nervioso
Dick hasta encontrarla y comprobó que estaba cargada. Suspiró aliviado mientras
se dibujaba una sonrisa de satisfacción demoniaca en su rostro.
Desenfundó
entonces Dick el otro revolver y saliendo de su escondrijo a cuerpo descubierto
vacío el cargador de su colt y los cartuchos de su escopeta concentrando todo el
fuego justo en la tarima de madera sobre su cabeza. Consiguió con ello abrir dos enormes
boquetes en el suelo de la segunda planta alcanzando a los dos secuaces, que
quedaron finalmente fuera de combate entre miles de astillas, con la expresión
de sorpresa aún dibujada en sus rostros.
La
lucha había finalizado, la fortuna había estado de cara esta vez, se dijo para
si Dick, las heridas eran razonables, dadas las peliagudas circunstancias.
Agonizaba
en el suelo Ted, ahogándose en su propia sangre que se esparcía como la marea
sobre el local, incontenible. Gimoteaba éste en una especie de lamento o queja
final inaudible, que parecía requerir un oído “amigo”.
Acercóse
Dick a éste, reclinándose y colocando su oreja apenas a unos centímetros del moribundo,
para escuchar lo que este pretendía decir. Sin duda sus últimas palabras. Este permanecía boca arriba, blanco, con los ojos
fuera de las orbitas y olía a sus propios excrementos. La muerte no tenía nada
de romántico, pensó Dick. Alcanzó entonces a escuchar las últimas palabras de
éste, en un último estertor de lucidez:
-
A VECES UNO NO
PUEDE ELEGIR LO QUE ES. ¿entiendes lo que te digo verdad Dick?. NUNCA TUVE
ELECCION, dijo dando un ultimo suspiro.
Cerro
los ojos del cadáver Dick, y colocóse su sombrero al tiempo que acercándose a
la barra dejaba un billete sobre ésta. Quédate con el cambio Mike, por las
molestias.
Continúo
entonces caminando, puesta la mano sobre el costado en el que había recibido el
disparo. Mientras salía del local su silueta quedó dibujada en el claro-oscuro
que fija el instante mismo en el que el día acaba y empieza la noche,
desapareciendo.
Ya fuera,
encendió un cigarro y mientras contemplaba la luna llena le susurró a ésta
meditabundo:
Te equivocabas Ted, SIEMPRE HAY ELECCION. SIEMPRE.
Y lo
que pasó después quizás sea parte o no de otra historia del “Lejano Oeste” o de
nuestra imaginación.