domingo, 11 de octubre de 2020

UNA DEL OESTE. CAPITULO II: “LA TRAMPA”.

 


Llevaba Dick Cassidy al que apodaban “El Halcón”, persiguiendo ya varias semanas al cuatrero Ted Singerton. Ahora, sin embargo, se encontraban junto a la barra de aquel salón en la calle Teneesse, uno al lado del otro, tomando un whisky, posiblemente el último para alguno de los dos, quizás quien sabe si para ambos.

Las cosas no pintaban bien para nuestro “héroe”, se había dejado atraer hasta aquel local por Ted Singerton, al que llamaban no de forma casual “El Tramposo Ted”. Se encontraba éste aparentemente solo, expuesto, parecía todo demasiado “sencillo”. Aquello no obstante no encajaba en el perfil del villano, gente vulgar y sin escrúpulos sin duda pero que se preciaba de haber dado en aquellos últimos meses algunos golpes de mano que llevaban en jaque a varios Estados, hasta el punto de haber puesto precio a su captura, vivo o muerto.

Venía precavido por ello Dick que contaba para aquella ocasión con sus dos Colt Pacemaker al cinto, una Colt Dragoon en su muslo izquierdo, una pequeña Derringer, cuidadosamente colocada en su espinilla derecha y su pequeño pero afilado cuchillo, muy a mano siempre, por si las cosas se ponían feas.

Sabía Dick que el forajido era zurdo, por lo que se acomodó como a lo casual justo a su lado derecho, de modo que la muñeca más certera de su enemigo quedara junto a la barra, incomodada un tanto por ésta. Al fin y al cabo la vida o la muerte se deciden por pequeños detalles y quizás aquello le diera algunas décimas de segundo vitales, caso de verse obligado a desenfundar.

Dick conocía perfectamente aquel local y aquello quizás fuera lo único que jugaba a su favor. Guardaba en su memoria cada rincón, cada recodo, casi cada mancha del suelo de madera, ya gris y ajado por el paso del tiempo. Olía a una mezcla de sudor antiguo y alcohol y el ambiente estaba cargado de humo hasta el punto de desdibujar las figuras y rostros de los clientes convertidos por este efecto en verdaderos espectros. El día daba sus últimos suspiros así que la luz del crepúsculo, penetrando en hilos por las pequeñas ventanas del garito, contribuía al aspecto sepulcral, casi de tumba, del lugar.

Pensó Dick, mientras encendía un cigarro, que el purgatorio o el infierno no debían ser muy diferentes a aquello. No obstante no entraba en sus planes averiguarlo, al menos ese día, así que escudriñaba el lugar en búsqueda de gente impropia del sitio o de alguna mirada furtiva o disimulada. 


 -          Ted házmelo fácil, han sido unas semanas duras, dijo Dick.

 -       Que quieres que te diga “Halcón”, no se hacer otra cosa, señaló Ted con un aire de resignación.

 -          Nada, no digas nada. Apuremos estos whiskies y vayamos al sheriff del condado.  No tiene por qué morir nadie hoy. Pago yo. Mike anótalo en mi cuenta, señaló Dick dirigiéndose al dueño del local.

 -          Sabes que no puedo entregarme Dick y lejos de lo que crees no tuve nada que ver en la muerte de esas dos mujeres y el niño.              

 -          No quiero saberlo, no me importa y no creo que te ayude ir por ahí. Quizás todo eso puedas explicárselo a la autoridad. Vengo con una misión y voy a cumplirla, lo demás no me incumbe, frunció el ceño Dick.

 -       En cuanto a tu amigo Leguria eso fue un jodido accidente, señaló Ted alzando la copa y encogiéndose de hombros con expresión de falsa fatalidad. Se que era buen amigo y que te debía algún dinero. Fue una bala perdida, ya sabes de que va esto. Puedo compensarte, indicó Ted señalándose uno de sus bolsillos. 

Continuaban la conversación con aparente tranquilidad, la que suele preceder a la tormenta. Se estudiaban sin embargo mutuamente de forma minuciosa, profesional, casi “matemática”, calculando respectivamente sus probabilidades de supervivencia. 

Mientras, la música del piano seguía sonando. Siempre seguía sonando, pensó Dick, como el mundo, como la vida, al margen de los problemas de los simples mortales. Estábamos de paso, solo se trataba de intentar alargar un poco el recorrido, solo eso, quizás dejar algo bueno en el camino nada más. 

La conversación continuaba:

   Es solo mi plan de jubilación, no pienso vivir pobre como las ratas, espetó Ted. Tu mejor que nadie deberías entenderlo. Te ofrezco un trato. El equivalente a la recompensa para ti, sin sudor, sin sangre, sin riesgo.  No te hagas el estrecho conmigo Dick.

 -     Olvídalo. Vas a ser el más rico del cementerio. Tu jubilación va a ser en una maldita caja de pino. Cobraré esa recompensa, no lo dudes. Decide si quieres vivir o morir Ted.  Mike ponme otra de las de siempre se me está secando la boca. Y ve sacando la fregona, los sesos de mi amigo van a encerarte el suelo de toda la sala.  

Deslizó Dick sus dedos por la larga pluma de halcón que calaba su sombrero, desembarazándose de éste y del largo poncho que llevaba y dejando al descubierto los dos revólveres, como el que da por zanjada la conversación y piensa entrar en faena.

El Tramposo Ted le imitó el gesto. La música seguía sonando.

Mike, el dueño, al que Dick conocía desde hace años, era gente discreta dedicada a su oficio de servir y no preguntar demasiado. La indiscreción en aquellos lares podía costarte fácilmente la vida. Lo notaba sin embargo especialmente inquieto aquel día, lejos de su habitual indiferencia profesional, diríase, pensó Dick, que Mike a pesar de su silencio quisiera decirle algo a gritos, quizás advertirle de algún peligro que se ocultaba a sus ojos. Ello le hizo agudizar más si cabe aún todos sus sentidos.

Estaba digiriendo todos estos pensamientos Dick cuando contempló de súbito el reflejo de tres figuras cuyas sombras se dibujaban claramente sobre la barra. Sin duda se trataba de alguno de los secuaces de Ted, estratégicamente colocados en la segunda planta del garito, sobre sus cabezas, quedando al descubierto por efecto de la luz proveniente de las enormes lámparas formadas por decenas de lágrimas de cristal que pendían del techo del local. La trampa estaba tendida y pensaba cerrarse implacablemente sobre él. Cuatro contra uno, como poco.

La música, los gestos de los clientes, la respiración, parecieron quedar detenidos, sucediéndose pausados y a cámara lenta, suspendidos en el tiempo. La reacción de Dick fue sin embargo instintiva, como la de un resorte puesto en súbito funcionamiento. Rompió el vaso de whisky que tenía en su mano derecha estampándolo contra el rostro del cuatrero que echaba ya mano de su revolver disparando éste apenas a veinte centímetros del bueno de Dick, con la fortuna de rozar apenas el costado de éste.

Gritaba de dolor el cuatrero pero no había aún ahogado su gemido cuando se le abalanzó Dick, también herido, asestándole una puñalada en el cuello. Ambos trastabillados fueron a dar de bruces en el suelo.  

Rodó Dick ágil por la tarima de madera pues a pesar del dolor en su costado sabía que le iba la vida en ello. Desde el piso de arriba le llovía plomo a bocajarro y estaba en clara desventaja. Alcanzó Dick a colocar el cuerpo gimoteante de Ted sobre el suyo propio utilizándolo a modo de escudo y desenfundando uno de sus revólveres disparo éste, alcanzando certero a uno de los asaltantes que cayó desde el piso de arriba, muerto. Quedaban dos.

Saltó presto Dick dentro de la barra buscando algo de amparo, aquel lugar, momentáneamente a resguardo, le daba unos preciosos segundos. Las balas seguían volando. Tenía a dos asaltantes sobre su cabeza y necesitaba generar algo de distracción, pues seguía en desventaja en número y posición.

Recordó entonces Dick que Mike solía guardar su vieja escopeta de dos cañones justo sobre el viejo barril de madera en el que en ese instante apoyaba su espalda. Palpó nervioso Dick hasta encontrarla y comprobó que estaba cargada. Suspiró aliviado mientras se dibujaba una sonrisa de satisfacción demoniaca en su rostro.

Desenfundó entonces Dick el otro revolver y saliendo de su escondrijo a cuerpo descubierto vacío el cargador de su colt y los cartuchos de su escopeta concentrando todo el fuego justo en la tarima de madera sobre su cabeza. Consiguió con ello abrir dos enormes boquetes en el suelo de la segunda planta alcanzando a los dos secuaces, que quedaron finalmente fuera de combate entre miles de astillas, con la expresión de sorpresa aún dibujada en sus rostros.

La lucha había finalizado, la fortuna había estado de cara esta vez, se dijo para si Dick, las heridas eran razonables, dadas las peliagudas circunstancias.

Agonizaba en el suelo Ted, ahogándose en su propia sangre que se esparcía como la marea sobre el local, incontenible. Gimoteaba éste en una especie de lamento o queja final inaudible, que parecía requerir un oído “amigo”.

Acercóse Dick a éste, reclinándose y colocando su oreja apenas a unos centímetros del moribundo, para escuchar lo que este pretendía decir. Sin duda sus últimas palabras. Este permanecía boca arriba, blanco, con los ojos fuera de las orbitas y olía a sus propios excrementos. La muerte no tenía nada de romántico, pensó Dick. Alcanzó entonces a escuchar las últimas palabras de éste, en un último estertor de lucidez:

 

-          A VECES UNO NO PUEDE ELEGIR LO QUE ES. ¿entiendes lo que te digo verdad Dick?. NUNCA TUVE ELECCION, dijo dando un ultimo suspiro.  

 

Cerro los ojos del cadáver Dick, y colocóse su sombrero al tiempo que acercándose a la barra dejaba un billete sobre ésta. Quédate con el cambio Mike, por las molestias.

Continúo entonces caminando, puesta la mano sobre el costado en el que había recibido el disparo. Mientras salía del local su silueta quedó dibujada en el claro-oscuro que fija el instante mismo en el que el día acaba y empieza la noche, desapareciendo.

Ya fuera, encendió un cigarro y mientras contemplaba la luna llena le susurró a ésta meditabundo:

 

Te equivocabas Ted, SIEMPRE HAY ELECCION. SIEMPRE.  

 

Y lo que pasó después quizás sea parte o no de otra historia del “Lejano Oeste” o de nuestra imaginación.