domingo, 9 de agosto de 2020

UNA DEL OESTE. CAPITULO I: “DICK CASSIDY”.

 



Les presento a DICK CASSIDY, 41 años, 1,85 cm de altura y unos 75 kg de peso y de mala hostia al servicio de cualquier causa perdida, preferiblemente contraprestación de por medio. Tez morena, ojos claros e intensos enmarcados por unas enormes arrugas y un bigote fino bien cuidado bajo su nariz también afilada de “perro” con buen olfato. Una gran cicatriz bajo su oreja izquierda, casi dibujando el perfil de ese lado de su rostro, remataban a nuestro personaje.

Huérfano de niño alternó una primera mitad de su vida dedicada a la supervivencia en un cochambroso orfelinato de Texas, teniendo la fortuna de ser acogido después, a la edad de 12 años, por unos humildes ganaderos sin hijos que le proporcionaron cierta instrucción básica. Leía cuanto menos, y se manejaba bien con los números, recurso que utilizaba con argucia en sus partidas de póker, único vicio que alternaba con alguna que otra copa de whisky, en realidad varias, siempre dobles y en vaso de media caña.  Solía mantener a pesar del alcohol su compostura y cierta lucidez lo que le proporcionaba alguna ventaja final en la partida.

En cuanto a las mujeres hay que decir que tenía su público, y no era malo, aunque su azarosa vida le tenía bastante alejado de cualquier compromiso estable lo que le ocasionaba algún que otro quebradero de cabeza.

Gozaba de una intuición natural para la vida, incrementada exponencialmente por los rigores vividos, y mantenía, a pesar de su rudeza, un innato don de gentes que le proporcionaba cierto cariño entre las personas a pesar de ser sobrio de costumbres y parco en palabras. Eso le permitía obtener buena información por allí por donde pasaba, lo que en su oficio de “mercenario” era un arma tan valiosa como los dos “Colt 45 Peacemaker” que llevaba colgados a ambos lados de su cintura. A pesar de aquel adjetivo aquellos dos revólveres habían “pacificado” más bien poco.

Era de ese tipo de hombres que prefieres tener de tu lado en una pelea.

Le precedía su fama de buscavidas pero a pesar de ello su comportamiento seguía guiado por “ciertos principios” que conformaban su particular código de conducta. Sabía que aquellas tibiedades de espíritu podían costarle la vida pero se obligaba a conservarlas, quería pensar que aquello mantenía su conciencia tranquila, aunque lo cierto es que el número de cadáveres seguía en aumento. Rezaba eso si por las almas de aquellos desgraciados que se “veía obligado” a borrar del mapa, donde quiera que fueran, cielo o infierno, su intervención se limitaba a acelerar ese proceso natural. Sabia que un día, mas pronto que tarde, sería su turno.

Vestía con los usos habituales de cowboy, botas con espuelas, jeans con chaparreras de cuero desgastadas, badana al cuello para secarse el sudor y protegerse del polvo del camino,  sombrero baquero de color pardo y ala ancha para el sol, doblado ligeramente en los laterales. Como única peculiaridad adornaba éste con una pluma de halcón, regalo de un indio sioux llamado “Akecheta” que significa en indio “guerrero”, el mismo que había “decorado” su rostro con aquella enorme cicatriz, pero aquello es otra historia, que, eso sí, casi le cuesta la vida.  

Mantenía aquella esbelta pluma calada en su sombrero como cierta superstición india, que ya había hecho propia, de modo que acariciaba aquella cada vez que la cosa se ponía peligrosa o pintaban bastos en el póker. Algunos por eso le llamaban Dick “El Halcón” Cassidy. Aquella liturgia también tenía un componente intimidatorio.

Se dirigía a la ciudad de Dodge a lomos del viejo Stacy, hacía un calor infernal a pesar de que caía ya la tarde. La semana había sido complicada, llevaba buscando a un cuatrero llamado Ted Singerton, más conocido como “El Tramposo” Ted, que llevaba atemorizando a la población desde hace meses, convirtiéndose en un verdadero dolor de cabeza al que se veía obligado a poner remedio de algún modo. La recompensa también lo merecía, 10.000,00.$ “Vivo o Muerto”, pero la cuestión se había convertido en algo más personal, en uno de sus asaltos, habían muerto dos mujeres y un niño y el Sr. Leguria, conocido apostante de Dodge y apreciado comerciante, que a más inri le debía un buen puñado de dólares de una última timba y pensaba cobrárselos. Aquello ponía las cosas en un color oscuro, casi negro, para el amigo Tedd.  

Entraba ya en la ciudad de Dodge nuestro cowboy cuando se le adelantó al paso el pequeño Tim, un chico de apenas 14 años de edad que hacía las veces de “hombre” para todo en la ciudad, de suerte que para sobrevivir lo mismo atendía las monturas de los jinetes, que limpiaba las botas de éstos, que ayudaba al transporte del correo o hacia cualquier encargo de la índole que fuera para ganarse el pan, incluso cosas tan singulares como el envío y recepción de correspondencia entre amantes, algo que llevaba con sigilo y lógicamente a las espaldas de los legítimos y legitimas, de modo que su silencio y discreción le granjeaban cierta “inmunidad” social.  

Aunque hacía tiempo que no se veían, Dick tenía una relación especial con aquel muchacho,  al fin y al cabo le recordaba a el mismo en su niñez.

Se acercó Tim a su montura requiriéndole solícito las bridas del caballo al tiempo que con un gesto cómplice, repetido muchas veces entre ambos, le indicaba que de algún modo algo importante tenía que contarle.

 

-    Sr., dijo Tim, si quiere puedo llevar a Stacy al abrevadero y pegarle un cepillado, parece cansado.

-     Hazlo hijo, esta vieja gloria se ha ganado el sueldo esta vez, lo merece. Suelta lo que sea que tengas que decirme. Y por Dios no me llames "Sr". me hace sentir mayor y ya sabes que soy casi un chaval, aunque no lo aparente, señaló Dick irónico.

-     Así lo haré "Sr", contestó el muchacho desoyendo las indicaciones de nuestro héroe y, sonriendo pícaro. Y en cuanto al asunto de marras, señaló Tim bajando el tono de voz, “El Tramposo” Ted se encuentra en el salón del final de la Calle Tennsesse, ese que a Vd. tanto le gusta, pensé le interesaría saberlo. Se ha corrido la voz de que anda en su búsqueda. 

-   Llevo siguiendo su rastro desde hace semanas, debe haberse cansado de huir, el cerco ha servido veré que trae la buena nueva. Gracias chaval. Y una cosa muchacho, si crees en Dios reza lo que sepas. Ted lo va a necesitar.  


Entró Dick en el salón, crujieron las puertas y también los maderos del suelo ya muy desgastados y sucios, se escuchaban las espuelas de sus botas a cada paso, olía a humo y cerveza rancia. Conocía el local perfectamente no era la primera vez que había estado en él y pensó que esperaba no fuera su última visita. 

Prestó atención a su alrededor intentando guardar en su memoria recuerdos no tan lejanos, pero también buscando alguna señal inequívoca de que aquello no fuera en realidad una trampa, gente extraña al local, miradas demasiado atentas, alguna señal o indicio, algo, era todo demasiado fácil, tantos días de búsqueda y ahora “la presa” se vislumbraba apenas a unos metros, sentada plácidamente, al fondo, en la barra del garito. Todo demasiado sencillo pensó. 

Se hizo de pronto un silencio sepulcral, nunca mejor dicho, dirigiéndose todas las miradas al visitante, todos eran conscientes de lo que se estaba cocinando, a fuego lento, muy lento.

Volvióse entonces Ted Singerton, el cuatrero, envuelto en humo. Te estaba esperando Dick, deja de tocarte esa maldita pluma del sombrero y pasa a tomarte un trago anda, hoy no tiene porque morir nadie. Mike sírvele un doble de la casa a Dick, invito yo.

   

Y lo que pasó después quizás sea parte o no de otra historia del “Lejano Oeste” o de nuestra imaginación.